
Por Diego Bagú - 31 de mayo de 2016
Nota publicada en el diario El Eco de Tandil, el 31 de mayo de 2016.
Considerada por muchos como la más antigua y, a su vez, la más moderna de las ciencias, la astronomía nos ha cautivado a lo largo de los milenios. Algunos en demasía, otros no tanto, todos en algún momento hemos sido atrapados por el cielo.
Desde aquellos primeros australopithecus que elevaron su mirada en la sabana africana cuestionándose quizás acerca de esas miles y misteriosas luces titilantes que los acompañaban noche tras noche, hasta nuestros días, nunca hemos aplacado tales interrogantes. Simplemente no hemos podido (ni deseado) hacerlo. Lo llevamos en nuestros genes. Salvo los dos elementos químicos más simples de la naturaleza (hidrógeno y helio), el resto de los ingredientes se han formado a partir de las estrellas. El hierro en la sangre o el fósforo del ADN, cada uno de los átomos de nuestro cuerpo es producto del propio universo. Parafraseando al ya mítico Carl Sagan, "somos literalmente hijos de las estrellas".
Hace más de 2.000 años, con el admirable Eratóstenes (y no con Colón en 1492) supimos de un mundo esférico y no plano como creíamos hasta entonces. Más aquí en el tiempo, Copérnico nos anotició que dejábamos de ser el "centro del mundo" para ofrecérselo al mismo Sol. A medida que fuimos capaces de avanzar en este derrotero celestial, la frontera del conocimiento se fue expandiendo, y con ella, nuestra percepción acerca de quiénes somos, en dónde nos encontramos, fue cambiando significativamente.
Poco a poco hemos ido tomando conciencia de nuestra insignificancia cósmica. El avance tecnológico vivenciado en las últimas décadas se ve reflejado como nunca antes en las ciencias espaciales. Los más increíbles proyectos tecnológicos se van implementando con el fin de indagar y observar cada vez más lejos, logrando así adentrarnos en el origen del universo. El cielo es, en sí mismo, una máquina del tiempo. Más lejos vemos, más en el tiempo retrocedemos.
Hace tan sólo un año llegamos por vez primera a Plutón, culminando de esta manera una visita completa a los más grandes cuerpos del sistema Solar. Semana a semana vamos descubriendo nuevos planetas en otros sistemas. Se tratan de exoplanetas, muchos de ellos similares a la Tierra, lo que implica sin duda alguna el asalto de una pregunta por excelencia: ¿estaremos solos?.
Vivimos una época dorada en cuanto a la ciencia y la tecnología se refiere. Me considero parte de una generación privilegiada. Aquella que probablemente descubra vida en otros mundos. Aquella que camine en Marte. No falta mucho; no más de 15 ó 20 años. Será colosal, impactante, y cambiará para siempre nuestra percepción humana.
La imagen de portada pertenece a la NASA.